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septiembre 22, 2009

Tentación de Clarice Lispector


Ella tenía hipo. Y como si no bastara la claridad de las dos de la tarde, era pelirroja.

En la calle vacía, las piedras vibraban de calor: la cabeza de la chiquilla llameaba. Sentada en los escalones de su casa, lo soportaba. Nadie en la calle, sólo una persona esperando inútilmente en la parada del tranvía. Y como si no bastara su mirada sumisa y paciente, el hipo la interrumpía a cada momento, sacudiendo el mentón que se apoyaba amoldado en la mano. ¿Qué hacer con una chica pelirroja con hipo? Nos miramos sin palabras, desaliento contra desaliento. En la calle desierta ninguna señal de tranvía. En una tierra de morenos, ser pelirrojo era una involuntaria rebelión. ¿Qué importaba si un día futuro su marca iba a hacerla erguir insolente una cabeza de mujer? Por ahora estaba sentada en un escalón centelleante de la puerta, a las dos de la tarde. Lo que la salvaba era un monedero viejo de señora, con la cremallera rota. La aseguraba con un amor conyugal ya acostumbrado, apretándola contra las rodillas.

Fue entonces cuando se aproximó a su otra mitad en este mundo, un hermano de Grajau*. La posibilidad de comunicación surgió en el ángulo caliente de la esquina, acompañando a la señora, y encarnada en la figura de un can. Era un basset lindo y miserable, tierno bajo su fatalidad. Era un basset pelirrojo.

Allá venía él trotando, delante de la dueña, arrastrando su largura. Desprevenido, acostumbrado, perro.

La chica abrió los ojos asombrada. Suavemente avisado, el perro se paró delante de ella. Su lengua vibraba. Ambos se miraban.

Entre tantos seres que están preparados para volverse dueños de otro ser, allí estaba la chica que había venido al mundo para tener aquel perro. Él se estremecía con suavidad, sin ladrar. Ella lo miraba bajo los cabellos, fascinada, seria. ¿Cuánto tiempo estaba pasando? Un gran hipo desafinado la sacudió. Él ni siquiera tembló. También ella pasó por encima del hipo y continuó mirándolo fijamente.

Los pelos de ambos eran cortos, rojizos.

¿Qué fue lo primero que se dijeron? No se sabe. Tan sólo se sabe que se comunicaron rápidamente, porque no había tiempo . Se sabe también que sin hablar se pedían. Se pedían con urgencia, intrigados, sorprendidos.

En medio de tanta vaga imposibilidad y de tanto sol, allí estaba la solución para la chica pelirroja. Y en medio de tantas calles para ser trotadas, de tantos perros más grandes, de tantos desagües secos, allá estaba una chica como si fuera carne de su pelirroja carne. Se miraban profundos, entregados, ausentes de Grajaú. Un instante más y el sueño suspendido se rompería, cediendo tal vez a la gravedad con que se pedían.

Pero ambos estaban comprometidos.

Ella, con su infancia imposible, el centro de la inocencia que solamente se abriría cuando fuera una mujer. Él, con su naturaleza aprisionada.

La dueña estaba impaciente bajo la sombrilla. El basset pelirrojo finalmente se desprendió de la chica y salió sonámbulo. Ella quedó perpleja, con el acontecimiento en las manos, en una mudez que ni su padre ni su madre comprenderían. Lo acompañó con los ojos negros que apenas creían, doblada sobre el monedero y las rodillas, hasta verlo doblar la otra esquina.

Pero él fue más fuerte que ella. Ni una sola vez miró hacia atrás.

Escribiendo el currículum de Wislawa Symborska

¿Qué hay que hacer?
Escribir la solicitud
Y anexar el curriculum.
Sin importar lo largo
de la vida, el curriculum
ha de ser breve.
Rige la consistencia
y elegir bien los hechos.
Cambiar paisajes
por direcciones
y recuerdos borrosos
por fechas fijas.
De todos los amores
sólo el del matrimonio,
y de los hijos
nada más los nacidos.
Importa más
quién te conoce
y no a quién
has conocido
De tantos viajes, sólo
los internacionales.
Pertenecer a algo
y no: ¿por qué?
Menciones honoríficas
sin su razón.
Escribe como si nunca
hubieras hablado contigo.
Y pasaras de largo.
No hables de perros, gatos, pájaros.
Arrumba los recuerdos,
los amigos, los sueños.
Más sobre el precio,
menos sobre el valor.
Mejor el título
que el contenido.
Mejor la talla de tus zapatos.
que a dónde llevan.
A quién se supone que eres.
Anexar una foto,
la oreja descubierta:
lo que importa es su forma,
no lo que oye.
¿Y qué es lo que se oye?
El estruendo de la trituradora
que destruye expedientes.

definiciones de Laura Ayesa

se iba antes de haber llegado

era promesa silenciosa por las noches

olía a libro viejo y a madera

era un abismo a veces

otras la gloria, una jaqueca, un desarmarse

se confundía con las otras en la fila de los mercados

hasta volverse húmeda hilacha larga en los rincones

se silenciaba en acontecimientos multitudinarios

la confundía el olor de los otros invadiéndola

pegándosele al abrigo a las mejillas

tanto murmullo lejano ante los ojos

tanta inútil inocencia bajo el vestido

en ese mundo definitivo, atroz.



septiembre 21, 2009

Malú Urriola -poeta chilena que participó del Festival de poesía en Rosario 2009- de Hija de perra



cuando no estás me faltas como si me faltara un brazo, daría un brazo por no sentir esta falta... daría un brazo, pero no el brazo con el que escribo. El brazo con el que es­cribo no se lo doy a nadie, si me deshiciera de este brazo moriría atragantada. Este brazo es el que aprieta mi vientre, el que hunde su mano en mi garganta para que las palabras salgan, porque mi brazo sabe que las palabras son como trozos de carne que me atoran, si no tuviera este brazo tampoco podría hablar, porque este brazo es mi lengua, con este brazo puedo decir lo que la lengua se calla, podrían cortarme la lengua pero no el brazo, por eso no siento ningún miedo cuando tengo la lengua dentro de tu boca, porque aunque la arrancaras me quedaría este brazo. Con este brazo me sostengo, con este brazo lucho cada día. Cuando me pierdo es este brazo quien me encuentra, cuando me desespero es este brazo quien me calma, este brazo es mi memoria, este brazo es quien me saca a flote, quien jala de mí, quien me aturde para arrastrarme hasta la orilla, este brazo se compadece de mí más que nadie, me saca el agua que he tragado, me golpea el corazón para que ande, si no fuera por este brazo no sé qué sería de mí, por eso sigo a mi brazo, porque este brazo es capaz de encontrar lo que yo no hallo, por eso es él quien escribe, porque si escribiera yo, no encontraría las palabras necesarias, en cambio mi brazo es exacto, porque mi brazo sabe que si no soy capaz de resistir, que si me agoto de ver todo el tiempo lo mismo, que si me canso de escuchar las mismas pa­labras idiotas, que si me harto de ver a la misma gente como en un cinematógrafo de barrio, que si me aburre ver con mis ojos sus ojos pajes desesperados de fama, de una fama gris de estrella de cinematógrafo de barrio, porque mis ojos se cansan de ver tanto, todo igual, repetido, mi ojos se hartan tanto que se harían sal si vieran que algo nuevo pasara, porque esta ciudad se detuvo antes que llegáramos yo y mi brazo, esta ciudad sombría ya no se desempaña, esta ciudad es inalterable, esta ciudad quisiese ser rubia, esta ciudad quisiese beber whisky cuando se muere de hambre y si este brazo no fuera fuerte nos habrían arrancado medio pedazo, pero a mi brazo nada de esto lo derrumba porque mi brazo es ciego, mi brazo es sordo, mi brazo sólo escucha la sangre de él. Sabe que cuando no dé más deberá tomar la empuñadura y rajar la muñeca de mi otro brazo, sabe que aunque son pares sólo él puede hacerlo, sabe que él será el último en abandonar, lo sabe, como sabe también que será capaz de dejar de escribir porque escribir me daña a veces, mi brazo sabe que escribir daña porque es él quien escribe, cuando mi brazo escribe sabe que está doliendo, quemando, sabe que me revuelvo toda, por eso mi brazo dejaría cualquier cosa para calmarme. Es este brazo quien te olvida, no yo, porque mi brazo sabe que estando juntos somos capaces de resistir tu falta, que podemos trazar tu recuerdo, en cambio si me faltara este brazo yo me quedaría muda, me quedaría postrada, no podría resistir, no podría, por eso no te doy este brazo ni se lo daría a nadie, porque este brazo es el único capaz de librarme de mí.
La imagen es de Rafael Norman

septiembre 18, 2009

Un arte de Elizabeth Bishop


El arte de perder no es un arte difícil; tantas cosas parecen colmadas
de un propósito de pérdida
que cuando se pierden no es muy trágico. Pierdan a diario algo. Acepten la molestia
de extraviar el llavero, la pérdida de tiempo. El arte de perder no es un arte difícil. Practiquen perder, luego, más cosas y más rápido: lugares, nombres, dónde era que estaban yendo. Ninguna de estas cosas es demasiado trágica. Perdí el reloj materno. Y miren, se me ha ido la última,o penúltima, casa que tanto amaba. El arte de perder no es un arte difícil. Dos hermosas ciudades, perdí. Y algunos reinos que poseía, dos ríos y un continente. Y aunque, sí, los extraño, no fue una cosa trágica. Incluso tras perderte (la voz mordaz, un gesto que amo) no habré dicho una mentira. Es obvio que el arte de perder no es cosa muy difícil aunque parezca a veces (¡anoten!) algo trágico.